Las ruedas del carruaje resonaban al pasar por las calles empedradas del casco antiguo de Sevilla. Me recosté en el respaldo de mimbre, mirando ligeramente hacia arriba mientras la luz del sol se filtraba entre las hojas de los naranjos, proyectando manchas de sombra. Un sutil aroma a flor de azahar flotaba en el aire, mezclándose con la luz de la tarde y el polvo de la historia. En ese instante, sentí como si hubiese entrado en un cuadro del siglo XVII. Sevilla, el corazón de Andalucía, siempre con su ritmo particular, te va atrapando lentamente en las rendijas del tiempo: carruajes, torres antiguas, muros de piedra, el sonido de la guitarra; todo ello narra de manera casi poética el orgullo y la ternura del sur de España.
1. El carruaje, la primera puerta para entrar a Sevilla
Dicen que caminar es la mejor manera de sentir una ciudad, pero en Sevilla siempre he creído que la mejor forma de abrir el alma de esta ciudad es en un carruaje antiguo. Cruzar por los frondosos senderos del Parque de María Luisa y rodear la Plaza de España con el sonido de los cascos de los caballos es como marcar un ritmo ancestral para esta ciudad.
Esperé un momento en la parada cerca de la Giralda y escogí un carruaje de carrocería rojo oscuro, con detalles de cuero en los bordes, cuyo cochero llevaba un sombrero de lana gris tradicional. Era un andaluz de unos cincuenta años, con la piel tostada por el sol, que guiaba las riendas mientras me describía en un español con ligero acento las calles que recorreríamos: desde el Barrio de Santa Cruz, pasando por la Catedral de Sevilla, el Alcázar, los laberínticos callejones del antiguo barrio judío, hasta la ribera del Guadalquivir.
El golpeteo rítmico de los cascos sobre los adoquines era como una percusión elemental y conmovedora, marcando el compás de este viaje a través del tiempo. El cochero se giraba de vez en cuando para hablar conmigo, intercambiando algunas palabras en inglés, pero la mayoría en español y con gestos, y esa mezcla difusa de lenguas hacía que la conexión humana se sintiera aún más auténtica.
2. Atravesando las sombras de la ciudad antigua: el diálogo entre los muros silenciosos y la luz
Empezamos el recorrido por la zona más tranquila del Barrio de Santa Cruz. Allí las calles son estrechas, casi como hilos que cosen la ciudad antigua, y los muros altos bloquean el sol, creando un ambiente fresco y silencioso, sólo interrumpido por las enredaderas que se asoman tímidamente para observar el pulso de la ciudad. En esas paredes aún quedan restos de cerámica vidriada, rejas de hierro forjado como encajes oscuros y arcos de medio punto que parecen espíritus dormidos en el pasado.
Miré hacia abajo y vi el empedrado irregular que, en algunos puntos, conservaba huellas de la antigua Roma: marcas casi invisibles, como susurros de civilizaciones antiguas. El carruaje se mecía suavemente, como si el tiempo también se balanceara en su vaivén. Era una sensación especial: estar en un viaje, pero también retrocediendo en un sueño, donde en cada esquina podrías encontrar a un hombre con túnica medieval o a un filósofo árabe escribiendo poesía bajo una lámpara de aceite.

Cuando pasamos junto a una puerta lateral del Alcázar, la luz del sol, filtrada entre ramas de naranjos, iluminaba sus elaborados arcos de estilo moro. Esa fortaleza fue escenario de “Juego de Tronos”, pero prefiero imaginarla como un “Edén” de otra época, donde las sombras se entrelazan con la historia. Sus fuentes, corredores y muros con mosaicos rotos transmiten una sensación de respeto y fascinación por el tiempo detenido. Cada paso sobre esos adoquines parece un pequeño homenaje a la memoria viva de Sevilla.
3. Cuando el carruaje llega a la Torre del Oro, un concierto de guitarra comienza silenciosamente
El cochero frenó despacio frente a la Torre del Oro. El sol comenzaba a descender, y una luz dorada bañaba la torre, como si ésta misma brillara lentamente desde dentro. Construida en el siglo XIII como una torre defensiva árabe, la Torre del Oro fue un puesto aduanero importante sobre el río Guadalquivir y la puerta por donde entraban la seda, las especias y los sueños de Oriente a la península. Su estructura, sobria pero imponente, refleja en el agua como un eco antiguo que aún custodia la ciudad.
Bajé del carruaje y me senté en los escalones de piedra a la sombra de la torre. Ya había varias personas esperando en silencio, como si compartiéramos un secreto. Un hombre de mediana edad, con camisa negra, pantalón gris y el cabello perfectamente peinado hacia atrás, afinaba su guitarra con una concentración casi ritual. No dijo palabra, solo rozó suavemente las cuerdas, y el sonido se deslizó en el aire del atardecer como hilos de oro flotando entre la brisa.
Entonces empezó a tocar. Sin luces, sin escenario, solo su guitarra y la torre desgastada detrás. La primera pieza fue un flamenco tradicional, de ritmo lento a rápido, con sus dedos bailando sobre las cuerdas como golondrinas ligeras y firmes. Lo vi cerrar los ojos, sumergido por completo en la música, casi en una oración íntima, como si estuviera hablando con los fantasmas del río.
La segunda pieza fue “Recuerdos de la Alhambra”, una melodía conocida para mí, llena de nostalgia y ternura, que en el crepúsculo sevillano se volvió aún más profunda. Miré cómo las luces del río se encendían poco a poco, titilando sobre la superficie como luciérnagas flotantes, y la ciudad pasaba de la pasión ardiente al abrazo dulce de la noche. La guitarra contaba sueños antiguos y yo, sentado allí, sentí que formaba parte de uno.
4. La música termina, la gente se dispersa, y la ciudad comienza su capítulo nocturno
El concierto duró unos cuarenta minutos, pero en mi recuerdo parecía haber pasado en un suspiro. Durante ese tiempo, pasantes se detenían como si un hechizo invisible los atara al lugar, algunos ancianos paseaban con sus perros y se quedaban escuchando con una sonrisa nostálgica, parejas se abrazaban con ternura, compartiendo el momento como un secreto. La mayoría, sin embargo, escuchaba en silencio, envuelta en una atmósfera que parecía suspendida en el tiempo.
El músico, al terminar, hizo una leve reverencia, guardó cuidadosamente su guitarra en su estuche de cuero gastado y desapareció por un callejón detrás de la torre con una sonrisa leve, como si él mismo supiera que había dejado algo profundo en todos los que lo escuchamos.
Me levanté con cierta reticencia, como quien no quiere que se acabe el hechizo, volví al carruaje y pedí al cochero que me llevara a dar otra vuelta por la ribera del Guadalquivir. La noche ya había caído por completo, y la brisa del río traía consigo el frescor y el murmullo de la ciudad que despertaba en su versión nocturna. Al otro lado del río, el barrio de Triana brillaba con luces cálidas, mostrando otra cara de la ciudad: más popular, más apasionada, más visceral y encantadora.
A lo lejos, alguien tocaba un saxofón, su sonido melancólico flotando en el aire como una continuación del concierto anterior. Artistas callejeros danzaban alrededor de una fuente iluminada, sus sombras alargadas jugando sobre las fachadas blancas. Yo estaba ahí, entre esos ritmos cruzados, un observador en el borde de un lienzo en movimiento, un oyente de una canción antigua que aún no ha terminado.

5. El significado del viaje: encontrar el latido de una ciudad
A menudo pienso en el sentido del viaje. ¿Es simplemente alejarse de lo conocido, renovar la rutina o coleccionar paisajes para luego contarlos? Quizás también sea una forma de vaciarnos para dejarnos llenar por lo que aún no comprendemos. En Sevilla encontré otra respuesta más íntima: viajar es sincronizarse con el ritmo único de una ciudad, dejarse llevar por su tempo y permitirle que nos revele su alma.
Desde el primer pulso del carruaje sobre los adoquines, pasando por la quietud reverencial de los callejones del barrio de Santa Cruz, la melodía que se alzó tímida pero firme bajo la Torre del Oro, hasta los reflejos danzantes en el río al anochecer, todo fue como una coreografía invisible y precisa, como si cada paso hubiera estado destinado a llevarme justo ahí.
Nada en Sevilla se presenta con grandilocuencia, pero todo está lleno de presencia. Cada escena sencilla pero profundamente conmovedora: el reflejo de una torre dorada, la cadencia de una guitarra, el murmullo de una fuente antigua, el saludo amable de un desconocido.
Al dejar la Torre del Oro, miré una última vez su reflejo cilíndrico en el agua tranquila del Guadalquivir. Un sentimiento de ternura, suave y persistente, me invadió como una marea cálida. No fue por la cantidad de monumentos visitados, sino porque esta ciudad me mostró —con una mezcla perfecta de suavidad y firmeza— que aquí la belleza no se grita: se susurra. Que vale la pena caminar, mirar y escuchar despacio.
Sevilla, con sus carruajes, torres centenarias y guitarras que parecen hablar, me dio una lección que llevo conmigo: aprender a bajar el ritmo, a perder la prisa, y oír el fluir del tiempo bajo la luz dorada del sur.